abril 17, 2026
El Paso

Don Emilio: 104 años de gratitud, música y amor a la vida

  • Un siglo de vida con la mirada encendida

Por: Jaime Torres

A sus 104 años, Don Emilio Araujo López conserva la mirada viva, el espíritu alegre y una memoria que viaja con facilidad entre los recuerdos de su infancia en México y los días más recientes en el Grace Point Center, el hogar donde ahora reside y donde, asegura, se siente plenamente agradecido y en paz.

“Me siento muy tranquilo, muy en paz aquí donde yo estoy. Estoy disfrutando de la paz y la tranquilidad de este lugar. Muy feliz, muy contento, con salud sobre todo. Aunque a veces me entra la incertidumbre, la tristeza, la nostalgia, agradezco cada día que Dios me da”, expresó con serenidad.

  • Una fiesta para celerar la vida y raíces y recuerdos de un México en transformación

El pasado 18 de octubre, familiares, amigos y compañeros de la estancia lo rodearon con cariño para celebrar su cumpleaños, un acontecimiento poco común que se convirtió en una verdadera fiesta de vida. En medio de un ambiente lleno de música mexicana y sonrisas, el intérprete invitado abrió la celebración con las tradicionales Mañanitas, arrancando aplausos y emociones entre los

Nacido el 19 de octubre de 1921, en una época en que México apenas se reponía de la Revolución y el mundo se preparaba para una nueva era de avances luego de la terminación de La Primera Guerra Mundial, Don Emilio ha sido testigo de más de un siglo de historia. Creció entre las calles de su querido barrio Bellavista, donde descubrió su amor por la música y la convivencia.

“Desde que tenía ocho años fui muy afecto a la música —recuerda—. Mi padre me castigaba porque yo siempre andaba buscando dónde hubiera música. Vivía cerca de la calle Mariscal y Colón, y me asomaba a las cantinas solo para escuchar a los quintetos y orquestas de la época.”

Aquella pasión lo llevó a aprender saxofón gracias al músico Luis Guerra, quien lo tomó bajo su tutela sin cobrarle nada. Luego continuó su formación con el famoso músico de orquesta Carlos Aceves, vecino de sus padres.

También recuerda con emoción cuando una de sus tías le permitió escuchar piezas clásicas como la Serenata de Schubert y le enseñó a usar la pianola.

“A mí la música me mata”, dice con una sonrisa que todavía ilumina su rostro.

  • Una infancia entre trenes, notas musicales y sueños

Don Emilio proviene de una familia trabajadora. Sus padres, Emiliano Araujo y Rafaela López, se casaron en la capilla de San José, en Ciudad Juárez, y fueron comerciantes entre Durango y la frontera. En los años veinte, su padre se incorporó al ferrocarril, cuando las vías se extendieron de Samalayuca a Ciudad Juárez, ruta proveniente de la Ciudad de México.

De niño, Don Emilio escuchaba los sonidos del tren mezclados con las melodías de la Banda Municipal, y soñaba con viajar lejos. Ese anhelo lo llevó años más tarde a estudiar en una escuela militar en Lerdo, Durango, y después en la Ciudad de México. Sin embargo, las matemáticas —álgebra y cálculo— truncaron su camino académico. Sin dinero para regresar, un primo auditor en la ruta Monterrey–Laredo lo ayudó a volver a Juárez.

“Regresé con lo puesto, pero con muchas ganas de vivir. Era joven y optimista”, recuerda entre risas.

  • El valor del trabajo y la sonrisa como idioma universal

De vuelta en su tierra, se enfrentó a la vida sin una profesión formal. Se apoyó en los oficios que su padre le había enseñado: la carpintería y el negocio familiar de distribución de hielo. Desde su expendio conoció a vecinos, dueños de bares y salones de baile del centro juarense.

“Era muy popular —dice entre carcajadas—. Todos iban por hielo, pero también por la charla”.

Años más tarde decidió cruzar a El Paso, Texas, junto con su amigo Willie, en busca de nuevas oportunidades. Su primer trabajo fue en un restaurante, aunque duró poco tiempo por no dominar el inglés. “El poco inglés que sabía era para levantar órdenes”, dice.

Sin embargo, su tenacidad lo llevó lejos. A los cincuenta años, Don Emilio inició su carrera como mesero en el prestigioso El Paso Club, ubicado en el piso 18 del edificio Wells Fargo. Ahí trabajó por más de cuatro décadas, sirviendo con respeto, elegancia y amabilidad a empresarios, políticos y personalidades de ambos lados de la frontera.

“Para mí ha sido una vida muy bonita la de mesero, porque si uno es buen servidor tiene muchas amistades buenas. Donde quiera que me encontraban, me saludaban y me daban un abrazo. Esa es una satisfacción grande: madurar y agradecer a Dios”, comparte con orgullo.

“Fue un trabajo que desempeñé con mucho orgullo, recordó el homenajeado. Aunque el idioma fue una barrera al principio, aprendí que la sonrisa y la disposición valen más que mil palabras. La amabilidad es universal”, comentó el festejado.

  • Un amor eterno: Romelia, su compañera de vida 

Su historia de amor con Romelia, su esposa por 73 años, con quien procreó 4 hijos: Celia -fallecida- Gloria, Emilio y Aida, fue una de las más sólidas bases de su vida. “Era una gran mujer, muy ejecutiva y hábil en el manejo de sus dos negocios”, recuerda con ternura. Cuando ella fue admitida en el Grace Point Center en 2017, él decidió quedarse a su lado hasta su partida en 2018.

“Mi papá no quiso dejar sola a mi mamá”, cuenta su hija Gloria A. Guerra, quien organizó la reciente celebración. “Desde entonces ha permanecido en el centro, donde ha sido atendido con cariño y respeto. Ha hecho amigos, participa en las actividades y está contento. Es un lugar que lo ha acogido como parte de una gran familia”.

  • El legado de una vida llena de fe y gratitud

Durante la celebración de su 104 aniversario su hijos, nietos y bisnietos compartieron risas, anécdotas y palabras de amor. “Nos sentimos muy bendecidos de tenerlo con nosotros”, expresó Gloria. “Ha sido un ejemplo de fe, paciencia y perdón. Siempre nos enseñó a confiar en Dios y a mantenernos unidos, dijo al resaltar que tiene a un padre que todo mundo lo quiere, “Es muy sociable, es de las personas que da consejos y es muy querido”.

Entre aplausos y abrazos, Don Emilio agradeció a todos por acompañarlo en esa fecha tan especial: “He pasado por muchas cosas, pero Dios siempre me ha sostenido. Me siento feliz, agradecido con la vida y con mi Creador”.

“Me siento muy orgullosa, muy bendecida de tener  a mi abuelo otro año más y esperemos que tenga muchos años más”, dijo emocionada su nieta Gloria, quien compartió su alegría junto a su hija Ema Milagro, de seis años”.

  • Una promesa de vida y esperanza

El festejo concluyó con el tradicional pastel, música y una promesa que llenó el aire de esperanza: “Estoy muy contento de llegar hasta aquí, dijo con voz firme y sonrisa agradecida, Si Dios me lo permite, nos vemos el próximo año para celebrar los 105 y partir juntos el pastel”.

Y con esa frase, Don Emilio Araujo López reafirmó que la vida, cuando se vive con gratitud, fe y alegría, puede ser tan larga como plena.

  • Ejemplo de amor, humildad y fe

Un hombre que ha sido testigo de la historia, protagonista de su tiempo y ejemplo de amor para quienes lo rodean.

“Mi papá pertenece a una generación que vio transformarse al mundo, comentó su hija Gloria. Ha sido un hombre responsable, trabajador y con una inmensa fe. Nos enseñó a perdonar, a ser humildes y a mantenernos cerca de Dios”.

“Me siento muy feliz, pero sobre todo agradecido con el Creador por haberme permitido vivir tanto. He pasado por momentos difíciles, pero siempre con fe y buena actitud se sale adelante”, expresó el centenario, quien asegura que su mayor secreto ha sido “mantener el corazón alegre y confiar siempre en Dios”.

  • Una vida que inspira

Hoy, Don Emilio Araujo López representa una de esas vidas excepcionales que logran atravesar un siglo con dignidad, serenidad y gratitud. Un hombre que ha sido testigo de la historia, protagonista de su tiempo y ejemplo de amor para quienes lo rodean.

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