El arte de negociación que inspira Donald Trump (con un pasado bien empresarial) se enfrenta a una realidad global que en la Casa Blanca –parece– no quieren aceptar. El presidente o the real-estate shark mantuvo una vida de negocios en la que cerraba tratos por teléfonos. Pero, en la política la realidad es otra. El presidente, quien posiblemente esperaba que sus primeros 100 días de su segundo mandato se convirtieran en una tormenta de negociaciones a su manera, se ha encontrado con otro escenario y, para no terminar perdiendo, ha tenido que suavizar su postura: cedió antes los aranceles recíprocos a docenas de países, suavizó su tono con China y está perdiendo terreno en su objetivo por terminar la guerra en Ucrania.
Se parecen pero no son iguales. Los acuerdos en la política pueden parecerse –en algo– a los negocios, pero no se comen igual. ¿Las razones? Lo que está en juego no son casinos ni edificios, son economías, la soberanía y hasta la credibilidad de líderes mundiales.
Por ahora, la convicción de Trump de que cada asunto político es una cuestión de “ganar o perder” ha protagonizado su regreso a la Casa Blanca, pero aunque le ha permitido alcanzar algunos éxitos, no ha tenido el resultado que a él le hubiese gustado.
- Donald Trump empezó su nuevo mandato con una postura firme con China (y todo aquel socio comercial que no estuviera de acuerdo con él), pero su intención de dominar las relaciones comerciales ha fracasado. En medio de las tarifas del 145% y sus amenazas públicas, solo ha recibido el mismo trato. Para la sorpresa del presidente, la respuesta de Pekín no ha sido para nada suave, al contrario, el gobierno chino ha respondido con la misma contundencia y con un mensaje claro: la diplomacia no se maneja con tuits ni ultimátums. Parece, en realidad, que el único deal visible hasta ahora es el reconocimiento implícito de que, en esta partida, la Casa Blanca no tiene las mejores cartas.
- La otra piedra en el zapato: el conflicto entre Rusia y Ucrania. Prometió terminar la guerra en 24 horas, pero su definición de “paz” parece sospechosamente parecida a la hoja de ruta del Kremlin. Zelensky no mordió el anzuelo de firmar un acuerdo que implicaría ceder territorio soberano a Rusia. Pero no importa: Trump sigue convencido de que “tiene un trato con Rusia”. El problema es que solo él parece haberlo firmado.
El arte del trato tiene límites (incluso para un presidente). A pesar del mito de Trump como “el mejor negociador del planeta”, su estilo de poder basado en presión, velocidad y “ganancias rápidas” se estrella cuando entra en juego la soberanía de naciones o las reglas básicas del comercio internacional. Ya no basta con amenazar universidades o cortar cheques para CEOs: los conflictos globales no se resuelven como un mal capítulo de The Apprentice.
Ni China ni Ucrania ni más de una docena de países han respondido como Trump esperaba, y aunque él insiste en que todos están “haciendo fila para negociar”, lo cierto es que los tratos reales requieren algo más que ego y espectáculo. Y si el mundo ya no baila al ritmo de sus ofertas, quizás es hora de que el autoproclamado maestro del acuerdo aprenda que no todo se puede vender… ni comprar.
