Por Jonathan Kandell / NYTimes
Luis Echeverría Álvarez, quien guió a México por un tumultuoso camino de izquierda en la década de 1970 como presidente, y quien jamás logró escapar de la sombra de una masacre previa a las Olimpiadas de 1968, murió el viernes en su casa de Cuernavaca. Tenía 100 años.
Su muerte fue confirmada en un tuit por el presidente Andrés Manuel López Obrador.
Con Echeverría, la cantidad de empleados gubernamentales se triplicó, las empresas estatales se multiplicaron casi por ocho y la inflación se disparó, perjudicando años de una relativa estabilidad económica.
Pero Echeverría acaso será mejor recordado por las acusaciones de que fue mayormente responsable, como secretario de Gobernación, por la represión de las protestas estudiantiles de 1968 previas a los Juegos Olímpicos de Ciudad de México que culminaron con la matanza de quizá hasta 300 personas.
Casi cuatro décadas más tarde, fue puesto en arresto domiciliario cuando el caso se revivió, un giro inusual para un expresidente.
Las repercusiones de la masacre dieron forma a su presidencia, iniciada en 1970. En busca de resarcirse, integró intelectuales de izquierda al gobierno, otorgó al Estado un amplio control de la economía y se alineó con las posturas de los países en desarrollo en asuntos internacionales. Estas medidas lo alejaron de la comunidad empresarial, la clase media y otros grupos políticamente conservadores.
Para el final de su mandato, sobre Echeverría pesaban denuncias de críticos de todo el espectro político: lo acusaban de autoritarismo e incompetencia, loa atacaban por políticas que causaron una fuga de capitales y una profunda devaluación del peso así como una estagnación económica.
No obstante, hizo campaña por un Premio Nobel de la Paz y albergaba la esperanza de convertirse en secretario general de Naciones Unidas.
Nacido el 17 de enero de 1922 en Ciudad de México, e hijo de un empleado público, Echeverría encarnaba de muchas formas la llamada “segunda generación” de la élite política que surgió de la sangrienta Revolución mexicana.
En las décadas posteriores a esa agitación, la política fue dominada por exoficiales de los ejércitos revolucionarios. Pero en la década de los años 40, contar con un título de la prestigiosa facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México se había convertido en el pasaporte más efectivo para ingresar en política.
Luego de graduarse de dicha facultad, Echeverría se alió con una poderosa familia política al casarse con María Esther Zuno, hija del gobernador del estado de Jalisco, con quien tuvo ocho hijos. Luego se hizo de un poderoso mentor, otro prerrequisito para los aspirantes a político. Se convirtió en protegido de Gustavo Díaz Ordaz, un secretario y exgobernador que claramente iba directo a la presidencia del país.
Cuando Díaz Ordaz fue electo presidente en 1964, nombró a Echeverría como su secretario de Gobernación, función a cargo de los asuntos políticos internos. Ese puesto le aseguraba ser el sucesor de Díaz Ordaz.
Pero también lo ponía en la trayectoria de choque con los jóvenes izquierdistas que se rebelaban ante la censura del régimen unipartidista, un clima favorable al empresariado y una fuerte influencia estadounidense.
Los manifestantes habían preparado sus protestas en los meses previos a los Juegos Olímpicos de Ciudad de México en octubre de 1968. Díaz Ordaz ordenó que el movimiento de protesta fuera acallado a tiempo para el inicio de las Olimpiadas y Echeverría envió tropas para dispersar las manifestaciones estudiantiles.
El 2 de octubre de 1968, durante un mitin pacífico en el complejo habitacional de Tlatelolco, soldados y agentes de seguridad del gobierno abrieron fuego contra la multitud. El gobierno indicó que unas 30 personas habían muerto, pero los testigos declararon que esta cifra llegaba hasta los 300.
Echeverría siempre había negado haber ordenado el ataque y alegaba que los soldados que lo llevaron a cabo no estaban bajo sus órdenes.
La masacre de Tlatelolco destrozó la máscara benévola que recubría al régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que había gobernado México durante gran parte del siglo XX.
Tal como observó Octavio Paz, escritor e intelectual mexicano: “En el momento en que el gobierno obtenía el reconocimiento internacional de cuarenta años de estabilidad política y de progreso económico una mancha de sangre disipaba el optimismo oficial y provocaba en todos los espíritus una duda sobre el sentido de ese progreso”.
Prometió a los obreros industriales y a los pobres una tajada más equitativa de la riqueza nacional. Juró aumentar el papel del Estado en la economía. Empezó a llevar casacas de cuero como los trabajadores de las fábricas; su séquito se vistió igual.
Y pidió a las esposas de los políticos que acudieran a las cenas de Estado con trajes típicos mexicanos en lugar de sus habituales vestidos de alta costura.
Echeverría estaba especialmente empeñado en cooptar a los intelectuales. Y lo consiguió hasta un punto sorprendente. Sus discursos comenzaron a apropiarse de la retórica izquierdista empleada por los disidentes durante la crisis de 1968.
Llevó a México a la arena del tercer mundo y defendió la causa de los países en desarrollo en sus relaciones económicas con las naciones industrializadas. Se pronunció contra el creciente poder de las empresas multinacionales y en una ocasión incluso amenazó con expulsar a Coca-Cola de México si no revelaba su fórmula secreta a las embotelladoras locales.
Echeverría discrepó a menudo con Washington en asuntos hemisféricos. Reforzó los lazos de México con la Cuba de Fidel Castro. Era partidario de Salvador Allende, y cuando el presidente chileno murió en un golpe militar en 1973, Echeverría rompió relaciones con el nuevo gobierno de derecha de Chile y acogió a miles de refugiados políticos de ese país en México.
Durante el gobierno de Echeverría, México se convirtió en el principal refugio para los exiliados latinoamericanos.
